Los monjes cántabros

Este fin de semana tuve la suerte de ir a ver competir a nuestros alumnos de Prodigy y demás menores a Sevilla. (No podía desaprovechar la invitación de Santi). Nuevamente, me llamaron poderosamente la atención muchas cosas, pero principalmente una: la nula comunicación que hay entre las parejas en el pádel.

Me gustaría que os fijarais la próxima vez y observarais cualquier pista y cualquier nivel competitivo… ¡No hay apenas comunicación! Los puntos se suceden, tanto los aciertos como los errores. Lo único que escucho y veo es el manido y repetido ¡¡vamossss!! y a otra cosa, que no es más que el siguiente punto. La pareja que gana sigue en sus trece y la que pierde, lo mismo… No hay cambio de estrategia, no hay pausas, no hay análisis individual ni colectivo entre puntos. Las pausas obligadas solo sirven para beber líquidos, los jugadores no intercambian opiniones donde recuerdan lo que ha pasado en los dos juegos anteriores y lo que hay que cambiar o seguir haciendo.

Todos sabéis mi opinión en relación a los puntos largos y disputados. Cuando el contrario pierde uno,  si hacemos los cambios largos y aumentamos el tiempo de preparación para los saques y siguientes puntos, le estoy añadiendo una buena carga de frustración a la que ya lleva por haber perdido el punto. El deporte, como la vida, es también de listos.

Incluso me asombra que hay menores que a simple vista no sabes si van ganando o perdiendo, la pérdida de un punto o dos e incluso un juego es un asunto dramático y traumático… Os recuerdo amigos lo que siempre os digo en nuestras charlas. El pádel al igual que en otros deportes de raqueta: solo se penaliza LA SUCESIÓN DE ERRRORES CONSECUTIVOS, nunca la suma de errores no consecutivos.

Es cierto que el deporte del pádel aún está en pañales si lo comparamos con el tenis, por ejemplo. Pero a mi juicio, necesitamos que los deportistas entiendan la filosofía, las variables psicológicas y deportivas que se dan en él.

Estamos, como digo, aún lejos de la comunicación que se produce en un partido de dobles en tenis. El jugador que espera en la red sabe dónde va a sacar su compañero y lo que va hacer el otro en el siguiente saque o punto… Se tapan la boca para que los contrarios no lean los labios, ni escuchen lo que dicen a pesar de que en numerosas ocasiones son de otra nacionalidad los que tienen enfrente. Eso sí, su comunicación no verbal es la correcta no dándoles la espalda en ningún momento, ya que van a disputar otro punto que no tiene nada que ver con el anterior. ¡Da gusto! ¡Son un equipo!

Creo que en pocos años veremos un cambio radical de tendencia en este sentido en el pádel y observaremos partidos mucho más mentales y estratégicos desde menores hasta profesionales de lo que son ahora. Todo evoluciona, si no caeremos en que el pádel en lugar de ser un deporte divertido será un juego divertido.

Desde Prodigy lucharemos para que esto no ocurra. Nosotros estamos empeñados en que los menores analicen y reflexionen durante las pausas, enseñándoles lo que nosotros observamos, que va mas allá de “mira, Julián, qué fuerte pega ese jugador” o “mira cómo la saco por tres”… Reitero y agradezco la colaboración de los anteriores profesionales en llevar a este deporte por senderos mucho más complicados y profundos, como no puede ser de otra manera.

Termino con una historia que ocurría en un monasterio en Cantabria y que refleja fielmente lo que no quiero que pase en el pádel.

En un monasterio de monjes cántabros existía la norma de que nadie podía recabar para sí mismo algo que necesitase. Si le faltaba a un monje el cuchillo no podía pedirlo él mismo. Tenía que ser un compañero quien, atento a la carencia de su prójimo, se lo pidiese al encargado.

Una mañana, al terminar los oficios religiosos, los monjes se dirigieron al refectorio donde tenían servido el café. Uno de ellos vio, con asco y asombro, que tenía ahogado en su taza un pequeño ratoncillo. Como no podía pedir que le sustituyeran el café y los compañeros no veían el interior de su taza, se vio condenado a quedarse sin desayunar. Hasta que se le ocurrió la forma de poder hacerlo sin quebrantar la regla. Hizo un gesto al hermano que servía en el refectorio y discretamente le dijo:

– Por favor, hermano, a los compañeros que están a mi lado no les han servido ratón esta mañana.

Y pudo desayunar. Su interés por los demás había dado el esperado fruto…

Lo dicho: hablad mucho con vuestro compañero, no vaya a tener ratón para desayunar.

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