Los mil perros

Veo partidos, entrenos, competiciones de diferente nivel padelístico y siempre vienen a mi cabeza las mismas reflexiones e inquietudes.

Soy de la opinión, ya sabida por todos vosotros, de que “se juega como se entrena“. Es para nosotros, los técnicos que trabajamos con personas, niños y niñas de competición, esencial dicha máxima.

Cuando observamos el bote de un jugador en punta de pie durante un entreno o partido esperando una bola, la velocidad de ejecución de los ejercicios, la celebración de los puntos, sus quejas por querer mejorar, su aguante de la rabia después de un fallo, su posición de espera, sus ganas de aprender, sus asistencias a los entrenos con vitalidad, sus preguntas en mis clases de psicología, sus entrenos físicos durante la semana… podemos sospechar, aun sin haberse jugado el siguiente campeonato, qué va a pasar en esa competición.

Esto es vital, no solo para nosotros mismos para conseguir el mejor nivel de ejecución posible, sino que también es una forma única de transmitir a los contrarios cuál es la actitud que voy a tener en todo el partido, hasta la última bola.

Pienso que la actitud ante nosotros mismos y ante la realidad es una fuente de felicidad o de desgracia. Creo que esto es así en la vida en general y también lo es en el trabajo, y por supuesto en la competición deportiva. Como siempre, os cuento una historia para que entendáis mejor lo que quiero dejaros como reflexión en este artículo.

Algún tiempo atrás, en un lejano pueblo, había una casa abandonada. Cierto día, un cachorro, buscando refugio del sol, logró meterse en el interior de la vivienda. Subió lentamente las viejas escaleras de madera hasta que se topó con una puerta semiabierta y se adentró en uno de los cuartos, cautelosamente.

Con gran sorpresa se dio cuenta de que dentro de esa habitación había mil perritos más observándolo fijamente, como él a ellos, y vio asombrado que los mil cachorros comenzaron a mover la cola, exactamente en el mismo momento en que él manifestó su felicidad. Luego ladró alegremente a uno de ellos y el conjunto de mil perros le respondió de manera orquestada, idéntica. Todos sonreían y latían con él. Cuando se retiró del cuarto se quedó pensando en lo agradable que le había resultado el lugar y se dijo para sí: “Volveré frecuentemente a esta casa”.

Pasado el tiempo, otro perro callejero entró en la misma vivienda. A diferencia del primer visitante, al ver a los mil congéneres del cuarto, se sintió amenazado, ya que lo miraban de manera agresiva, con desconfianza. Empezó a gruñir y vio, estupefacto, cómo los otros mil perros hacían lo mismo que él. Comenzó a ladrarles y los otros también hicieron lo mismo ruidosamente. Cuando salió del cuarto, pensó: “¡Qué lugar tan horrible! Nunca volveré.”

Ninguno de los perros exploradores reparó en el letrero instalado en la parte frontal de la misteriosa mansión: La Casa de los Mil Espejos.

Permitidme queridos lectores, papás, mamás, alumnos, niños, niñas… que os enseñe un proverbio árabe, que alguien me propuso a mí hace ya muchos años:

“Que tu empresa, escuela, centro de trabajo… sean mejores porque tú estás en ellos”.

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