¡Qué ejemplo, qué orgullo!

En estos días estamos viendo compromiso, responsabilidad y profesionalidad para atender y gestionar la salud y la asistencia a la población en la crisis por el Covid-19.

Son héroes cotidianos, que en vez de capa, llevan bata. Sus armas, los guantes y la mascarilla. Su súper poder, una gran profesionalidad y entrega. Son nuestros vecinos, amigos, familiares, profesionales sanitarios, que combaten al coronavirus, y a ellos, últimamente se añade el personal de limpieza, cocina, ejército, policía. La lista va aumentando y son reconocidos por todos nosotros con aplausos y vítores desde ventanas y balcones.

Por otro lado, no doy crédito cuando veo personas saltándose la prohibición de salir de sus casas, aprovechando el parón laboral como si de unas vacaciones en zonas turísticas se tratara, o gastando bromas a la policía con paseos de animales de peluche. Es la naturaleza humana en su máxima expresión.

Pienso mucho en estos días con la idea de llevar mejor mi confinamiento…

La mayoría disponemos de cinco sentidos, pero hay otros dos que tienen una importancia especial: el sentido del humor y el sentido de la perspectiva. En ellos se origina una natural efusión de gratitud. Si nos falta perspectiva, también nos faltará sentido del humor, entonces las pequeñas desilusiones, las expectativas no cumplidas, las imperfecciones o los errores de otras personas nos pueden alterar.

Sin embargo, aquellos que nos hemos encontrado con fuertes retos y pruebas, como el sufrimiento, la enfermedad o la muerte de un ser querido, tenemos un punto de referencia distinto. No nos preocupan las insignificancias, y sentimos gratitud por los más pequeños favores y bendiciones….

Distinguir lo profundo de lo superfluo, lo que debemos de lo que deseamos, es una labor imprescindible para una convivencia llena de sentido.

Paso a contaros una pequeña historia para explicarme con más claridad.

Había una vez un pobre que estaba tendido a un lado de la calle. Vio a lo lejos al rey con su corona y su capa. Pensó: «Le voy a pedir, pues seguro que me dará bastante» y cuando el rey pasó cerca le dijo:

– Majestad, ¿ me podría por favor regalar una moneda? – El rey le miró y le dijo:
– ¿Por qué no me das algo tú?
– Pero Majestad, ¡yo no tengo nada! – A lo que el Rey respondió:
– Algo debes tener, busca.

Entre el asombro y el enojo, el mendigo buscó entre sus cosas y vio que tenía una naranja, un bollo de pan y unos granos de arroz. Pensó que el pan y la naranja eran mucho para darle, así que, enfadado, tomó cinco granos de arroz y se los dio al rey.

Complacido, el Rey le dijo: «¿Ves cómo tenías?». Y le dio cinco monedas de oro, una por cada grano de arroz. El mendigo entonces dijo:

– Su Majestad, creo que tengo otras cosas. – Pero el rey no hizo caso y dijo:
– Solamente de lo que me has dado de corazón te puedo yo dar.

La vida nos da muchas oportunidades para ser generosos de corazón, de todas ellas aprovechamos muy pocas o ninguna. Recordemos que somos generosos únicamente cuando entregamos lo que el otro necesita. En ningún caso cuando damos lo que nosotros queremos o nos sobra.

Sueño todos los días con un mundo donde la generosidad permee todos los espacios, todo los rincones. Que cada corazón esté abierto a dar sin pensar qué tiene el otro ni para qué lo necesita.

Me llena de orgullo ver la respuesta de los profesionales de la sanidad a los aplausos que damos todos los días. «OS HEMOS OÍDO Y VAMOS A DARLO TODO».

Qué ejemplo, qué orgullo.

Ilustración: Pedrita Parker

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